Ya vamos por el tercer capítulo y esto sigue avanzando.
Beta Reader: Erica Castelo.
Capítulo 3
- Vamos… por lo menos hazlo para que la gente deje de
mirarme así – habló con los dientes apretados y solo así fui capaz de caer en
la incomodidad de la situación.
- Lo siento – hice lo que me dijo como un autómata.
- ¿Y tu nombre?... te falta tu nombre.
Cuando me perdí nuevamente en sus ojos, supe que era el momento
para una retirada, solté mi mano de la suya y retrocedí. Ella notó mi cambio
porque también dejó caer su mano y me imitó.
El invierno ya estaba acabando y marzo se acercaba con los
cerezos en flor y los días más calurosos, por eso la chica frente a mí, Cassie,
llevaba solo una camiseta de mangas cortas que me dejaba ver mis brazos.
- ¿Qué?
Haciendo acopio de mis malos modales, mantuve mi vista fija
en su mano y en el pequeño círculo.
- Oh, ¿esto? – seguí sus movimientos mientras alzaba su mano
-, es solo algo que hice en clases… Leyes Administrativas no es mi clase
favorita y la profesora
Kristin Hickman no es muy entretenida que digamos, pero – se encogió de hombros
sin intenciones de quedarse callada -, son cuatro créditos y los necesito si no
quiero atrasarme.
-
¿No es un tatuaje?
-
¡No! – chilló mientras se llevaba un dedo de su mano derecha a su boca y
comenzaba a frotar sobre el circulo que inmediatamente comenzó a difuminarse -.
Primero dejo que me agujereen los pezones antes de que alguien queme mi piel
con una aguja.
-
Lo siento… yo, creo que me siento algo mal y esto ha sido lo suficientemente
raro… ¿Cassie? – pregunté y ella asintió -, bueno, pues de nuevo te presento
mis disculpas por toparte con un loco en la calle.
-
No… está bien, solo…
Vi
como sus ojos cambiaron, estos si se parecían a los de Emily y por lo mismo
cuadré mis hombros y me preparé para rechazarla. Porque si había algo que sabía
reconocer en una mujer, eran sus intenciones de avanzar un paso más, por más
pequeño que fuera.
-
Tengo que irme.
Solo
le di un último asentimiento de cabeza y me di media vuelta siguiendo por la
calle Waterhouse pero ahora en dirección al río Charles, cuando pasé por afuera
de mi facultad me vi tentado a entrar pero solo un segundo. Finalmente había
elegido estudiar educación, en un principio era solo por el recuerdo de Emily y
su vocación, pero a medida que más avanzaba en las clases, mas me daba cuenta
de que lo amaba y eso me asustaba, porque a ratos, ya no extrañaba tanto a mi
difunta novia y el solo hecho de poder llegar a olvidarla, me asustaba como
nada.
Caminé
directo hasta Memorial Drive, crucé
con cuidado y llegué hasta el borde del río, pese a no ser una zona con
mirador, a mí me bastaba con sentarme en la escaza línea de pasto que había
para contemplar un poco del Océano Atlántico. Me hacía sentirme libre y recordar
lo inmenso que era el mundo, algunos miran el cielo… yo miro el mar o lo que
sea parte de él.
Cuando
los rayos del sol dejaron de darme en el rostro supe que el momento de ir a mi
dormitorio, me devolví por el mismo lugar y cuando entré a la escuela, me di
cuenta que las clases ya habían terminado, por lo mismo me prometí no volver a
faltar.
Apenas
entré a mi dormitorio me dejé caer en mi cama, ni siquiera me preocupé de
sacarme los zapatos, solo cerré los ojos y apoyé mi brazo derecho sobre mi
rostro para no ver nada.
No
quería pensar, pero mi mente de a poco se estaba yendo hacía los
acontecimientos de esta tarde y…
-
¿Qué mierda haces?, faltaste a clases, Sebastián y el profesor Kegan se dio
cuenta, así que más te vale tener una excusa buena para la próxima semana.
-
Lo sé, pero hoy no era un buen día para ir a clases – gemí antes de sacar mi
brazo de mi rostro. Me costó un par de segundos acostumbrarme a la luz de la
habitación -, ¿tomaste apuntes?
-
¡Claro! – a mis pies, Stefan dejó caer su cuaderno con sus notas. Lo tomé pero
no lo abrí, solo lo dejé en mi mesa de noche y volví a mi posición.
Lamentablemente
no duré mucho en ella ya que ahora fue un cojín lo que aterrizó en mi cama, más
bien en mi rostro – Ni siquiera pienses en dormir, esta noche hay fiesta en la
Escuela de Leyes y tu vas conmigo.
Me
apuntó y me miró de una forma tan malditamente amenazante, que no me sentí
capaz de contradecirlo.

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